Murgas, corsos y clubes de barrio: el Carnaval en Saavedra, ayer y hoy

Hay 6 murgas saavedrenses en la actualidad, y algunos de sus integrantes analizan los cambios a lo largo del tiempo.

Como pocos barrios en la Ciudad de Buenos Aires, Saavedra tiene una histórica tradición de Carnaval. La cantidad de murgas y de corsos la puntuan en lo más alto de los rankings porteños, y los expertos en juzgar el desempeño de murgueros/as saavedrenses hablan de una “mística” a la hora de la presentación en las calles.

La historia lo avala: el Carnaval en Saavedra se respira hace décadas, y ni siquiera el paso de la Dictadura Militar pudo evitar que siguieran en pie formaciones murgueras en el barrio. No obstante, el paso del tiempo se siente, con ventajas y desventajas, a la hora de hacer la comparación entre las jornadas de febrero de hace cuarenta o cincuenta años y las de hoy en día.

En los “Carnavales de ayer”, los clubes de barrio ejercían un rol preponderante, y eran el escenario más masivo y tradicional para recibir a las murgas. En Saavedra se destacaban el Mariano Moreno de Freire e Iberá, el All Boys de Saavedra de Besares y Zapiola y el Juventud de Saavedra, en Pico y Conesa. Ya en Villa Urquiza, los clubes Islandia y California de la zona de “La Siberia” también acogían a murgas saavedrenses.

“Entrábamos a las siete de la tarde a uno, luego íbamos a otro y a otro. El corso era adentro del club, pero se acercaba tanta gente que muchos también veían a las murgas desde afuera. Muchos se acercaban disfrazados, porque había concursos”, cuenta Daniel “Pantera Reyes”, actual director de “Los Reyes del Movimiento”. La jornada carnavalera empezaba antes, cuando la guerra de bombitas de agua interrumpía la siesta de los mayores en las calles.

Para los murgueros saavedrenses, la cercanía con la Provincia de Buenos Aires hacía parte del ritual cruzar la Avenida General Paz. Los corsos de Villa Martelli, Villa Adelina o Munro eran tan habituales como los capitalinos. En ocasiones, las visitas llegaban a Claypole o hasta Cañuelas, extendiendo el sábado hasta bien entrada la trasnoche.

“Cantábamos a capella, en las esquinas de los barrios. Imaginate un coro de 200 personas, hermoso. Por ejemplo, cantaba el solista: “aquí llegó el murgón”, y le repetía el coro: “el murgón”, al unísono”, rememora Daniel. Un particular recuerdo de este murguero eran las presentaciones en plena Dictadura Militar. “Se criticaba a los militares. Pero yo lo comparo con las canciones de Charly García, como “Los Dinosaurios”. Entiendo que ellos no se daban cuenta de las metáforas. Y eso nos salvó para que no haya tantos murgueros desaparecidos, como sí pasó en Uruguay donde muchos se tuvieron que ir”, relata. En los tiempos negros de los 70, cuando muchos barrios quedaron sin murgas, Saavedra logró resistir, cuentan sus protagonistas.

La vuelta de la democracia trajo nuevos aires y reinstauró el clima de Carnaval. Pero muchos clubes desistieron de seguir organizando los corsos. “Como no se cobraba entrada, no les convenía económicamente”, explica Daniel. El gran suceso llegó en 1997, con la ordenanza 52.039 de 1997 que declaró “Patrimonio Cultural” la actividad de las murgas, garantizó los corsos callejeros y creó la Comisión de Carnaval. Para ese entonces ya se había dado la división en las murgas que impera hoy en Saavedra. De los originales “Los Curdelas de Saavedra”, se pasó a “Los Rejuntados”, “Los Calamares” y nació en 1986 “Los Reyes”. A ellos se suman otras cinco: Los Goyeneches, Los Enviciados, Los Magos, Los Elegidos, Los Elegantes.

Para ese entonces, comenzaba a sentirse un cambio social en las murgas, vinculado al rol de la mujer. Verónica Mariño es la directora de “Los Elegidos de Dios Momo”, y es un fiel reflejo de ello. Esta vecina saavedrense destaca que desde aquel momento las mujeres empezaron a tener más protagonismo en la conducción, pero también en la parte artística, involucrándose más como coristas o hasta bombistas. Esto ayudó a profundizar algo que se veía desde décadas pasadas: por un lado, la fuerte presencia familiar en las murgas, que reúnen en muchos casos abuelos, padres/madres y niños.

A su vez, se pacificó el ambiente murguero, al consensuar de manera tácita una separación del clima de fútbol del de las murgas. Esto les permite, cuentan “Los Elegidos”, ir sin problemas a Mataderos, zona identificada con Nueva Chicago, rival de Platense.

La consolidación de los corsos callejeros de finales de los 90 y principios de los 2000 hizo crecer aún más la presencia de Saavedra en el rubro. El barrio llegó hasta no hace mucho a sumar 4 corsos simultáneos: en Parque Sarmiento, en la Estación, en Parque Saavedra y en el Barrio Mitre, fuera del circuito oficial. Ningún otro de sus 47 “colegas” reunió esta cifra.

La construcción del túnel de Balbín hizo, no obstante, que el emblemático corso de Balbín y Tronador se quitara para el último año. De acuerdo a Daniel, la diversificación hace que de manera individual cada punto de congregación parezca con menos presencia de gente. “La gente está repartida. Hace algunas décadas, vos por ahí tenías 5000 personas en el único corso del barrio, ahora está la misma cantidad pero dividida”, argumenta.

Desde la infraestructura murguera, el antes y el ahora tienen diferencias claras. “Los parches de los bombos eran antes de cuero y ahora de plástico. Yo recuerdo cuando empecé ver a los bombistas entre presentación y presentación hacer fueguito para estirarlos, porque debido al rocío del ambiente les quitaba sonido. Volver a tensarlos les daba calor. También tengo en mi memoria cómo se les hacía “mantenimiento” con ajo y leche. Ahora todo es más fácil”, relata Verónica de “Los Elegidos”.

El director de “Los Reyes”, en el mismo sentido, menciona la incorporación de las guitarras en algunas murgas, inexistentes tiempo atrás. “Antes era bombo y platillo y nada más. Vos tenías que agarrar la melodía en el aire, hacer la música en tu cabeza, ahora es distinto”, cuenta.

De acuerdo a los murgueros, Saavedra tiene una mística a la hora de presentarse en los barrios con sus murgas. “Logramos una manera de hacer rumba, un movimento de cintura distinto a otros, vinculado a la mezcla de la cultura negra y la murguera. Cuando estamos en las calles la gente se da cuenta que somos de Saavedra”, manifiesta “Pantera”.

Verónica Mariño, por su parte, destaca el carácter social que cada vez con más peso cumplen las murgas. “Realizamos un trabajo de constucción comunitaria en los barrios, generando un espacio de integración y expresión artística. El Carnaval es generador de un lazo social donde se expresan a través de una murga diferentes disciplinas artísticas y realidades sociales”, cierra.