El Barrio
Miguel Urien, el vecino de Saavedra que lucha por conocer su identidad
Lo dejaron en el Hospital Pirovano cuando era un bebé, y atravesó una dura infancia en institutos de menores. De adulto dejó la rabia de lado y apostó por una vida plena en el barrio, junto a su gente.
“Hacenos reír, no llorar”. Le dicen los amigos y compinches al vecino de Saavedra Miguel Urien porque saben de su sentido del humor y la chispa que tiene para las bromas. “Yo le pongo ganas, la procesión va por dentro”, afirma quien todos los días sonríe frente a la vida pese a que desde que tiene uso de razón lucha por saber de dónde viene: en el otoño de 1946 siendo un bebé fue dejado en el Hospital Pirovano solo con un papel que llevaba escrito su nombre.
“Es un apellido patricio, hoy es más común encontrarse un Urien, pero en la época en que nací era distinto”, asegura Miguel, quien buscó dar con su familia biológica para obtener respuestas, sanar heridas.
En varias ocasiones conoció a otros Urien o llegó a pistas verosímiles. No obstante, a sus casi 80 años, el rompecabezas sigue incompleto.
Debido a su situación y ante la falta de adultos que se hicieran cargo de él, Miguel deambuló por unos cuatro institutos de menores entre su niñez y adolescencia. Fue algo que le trajo amarguras y momentos de peligro.
“En el Hogar Martín Rodríguez de Mercedes fue donde más sufrí”, recuerda. Asegura que padeció maltratos y vejaciones de todo tipo, que los chicos más grandes tenían una serie de reglas y artilugios para imponerse y propasarse con los menores alojados en la institución: “Yo pensaba que eso era lo normal, de grande entendí toda la maldad que había ahí”.
En medio de esta situación, recibió el cariño de personas que al día de hoy son su sostén emocional. Por ejemplo, cita a la hermana Silvestre, una monja ligada al Pirovano que lo acompañó y bregó por su bienestar, que hizo gestiones para llevarlo a lugares mejores. Tiempo después ella iba a irse a vivir a Italia; al día de hoy Miguel lleva su foto enmarcada a todos lados.
Si bien en ese tiempo no logró dar con una familia que lo adopte, agradece a las que le “dieron los primeros cariños”, como los Medina de Mercedes, con quienes sigue en contacto al día de hoy. Los Viturro, Durini, Bóveda, Caldarelli y Minuto también permanecen en su memoria.
“La hermana Silvestre hacía lo posible por mí. Ella entró en contacto con la señorita Ruiz, que fue mi tutora mientras estaba en el hogar Martín Rodríguez de Mercedes. Ruiz conocía al padre a cargo de una parroquia en Saavedra, ayudó a hacer la gestión para que vaya a vivir ahí”, recuerda Miguel.
Así, cuando era un poco más grande, a comienzos de la década del sesenta, se asentó en la Parroquia Sagrada Familia. “Desde 1961 estoy en Saavedra. Ruiz era amiga del padre, quien me aceptó en la parroquia. En esa época yo era medio salvaje y me portaba mal. Lo pasé mal por la gente, los muchachos. Pedía que no me cargaran, me decían cosas por mi color de piel”, lamenta. Dice que al poco tiempo abandonó el lugar, pero siguió viviendo en el barrio en casas de pensión o de familias, como hace en el presente.
La hermana también logró que Miguel accediera a su primer trabajo, en una curtiembre que por ese entonces estaba ubicada en Larralde y Arcos. “Yo era muy salvaje en esa época, muy terrible, las cosas que me habían pasado me habían marcado para mal”, asegura sobre su temprana adultez.
“Motivos no me faltan, tengo tres fechas de nacimiento, papeles incompletos. Cuando me bautizaron, me lo había pedido la hermana, la madrina fue una enfermera y el padrino un hombre que había tenido un accidente. Años más tarde quería ver los legajos y los papeles no estaban. Es muy duro crecer así”, afirma.
“No hay una punta del hilo. Quién me mandó a tener este apellido. A lo mejor, si me llamaba Expósito todo era más fácil y encontraba a mi gente”, señala.
Pese a la rabia que sentía por su situación, Miguel siguió adelante. Tiempo después comenzó a trabajar en una petrolera llamada Bridas. Ahí asegura que su carácter se templó, en parte por el buen clima laboral. El “salvaje” dio lugar al hombre bonachón y de chispa para las bromas.
Fue un proceso, pero Miguel logró sostenerlo en el tiempo. Se integró a la comunidad, pese a las carencias y las situaciones extremas a las que debió sobrevivir.
Desde entonces, este vecino tuvo mil vidas, pasando por oficios variopintos como fotógrafo, changarín o vendedor. Logró jubilarse y sigue activo laboralmente.
En paralelo, Miguel da rienda suelta a una veta solidaria. Asegura que ayuda a quienes está a su alcance, que los visita, busca la forma de conseguirles víveres o las cosas que necesiten, aunque más no sea una tarde de mates y charla amena.
“Yo no sé cómo no soy una mala persona, me pasaron cosas malas, pero seguí adelante. Hoy Saavedra es mi barrio querido, donde hay mucha gente que sabe de mi historia, me ayuda, está conmigo. Yo hago chistes, ocurrencias que me surgen. Hacenos reír, no llorar, me dicen porque saben la forma en que cuento los chistes”, festeja Miguel.
“No formé mi propia familia, no sabría cómo por todo lo que me pasó, pero eso no me impide disfrutar de mi vida, de ayudar. Hoy puedo decir que conozco más familias buenas que malas. Hoy tengo dónde pasar el 24, el 31 de diciembre, el 1 de enero. Con gente distinta. Todas personas que son parte de mi vida. Sigo luchando por saber de dónde vengo, pero veo el cariño que me rodea ahora y siento que las cosas no las hice mal”, concluye Miguel, quien no baja los brazos y pone una sonrisa pese a que “la procesión va por dentro”.


