Saint Emilien: el gigante azul que puede cambiar su historia

Carta de la lectora Romina Rocha.

La circunstancia extraordinaria de una epidemia a nivel mundial hizo que nuestras vidas, en todos los planos, fueran afectadas radicalmente desde que en nuestro país se hizo presente el virus, con todas sus posteriores derivaciones. Trabajo, vivienda, familia, comunidad, afecto: manifestaciones de lo humano que, a la vista de una cuarentena obligada y diversos aspectos que aún se están definiendo a medida que el tiempo pasa, son ahora los ejes de un futuro que se presenta más incierto que nunca.

Y en medio de esto, aparecen las oportunidades de redimensionar aquello que tenemos para darle nueva vida. Ese es el caso de la Clínica Neuropsiquiátrica Saint Emilien, ubicada en pleno barrio de Saavedra y en estado de abandono desde hace 35 años. Porque luego del trágico incendio ocurrido en 1985, en el que murieron 79 personas y unas 200 resultaron heridas, el edificio quedó inhabilitado y en pie, pero sin utilidad ninguna. Entonces se presenta la posibilidad de pensar si es viable reparar la pérdida de vidas humanas con la salvación y atención de los que aún estamos en pie y necesitamos, más que nunca, de todos los recursos a disposición de la población.

En este sentido, el antecedente más reciente que existe en nuestro país es el de la provincia de Santa Fe, en la que el gobernador Omar Perotti decidió expropiar un sanatorio abandonado de manera provisoria, para poder sumar más camas al servicio de la comunidad atravesada por el coronavirus. Esa condición no permanente es clave a la hora de pensar en extrapolar dicho accionar ya que, en la Ciudad de Buenos Aires, es sabido, los negocios inmobiliarios son voraces y un terreno de las características y con la ubicación de Saint Emilien (sobre Crisólogo Larralde al 3900, en pleno corazón de Saavedra) no debe escapársele a los que van copando los barrios con construcciones cada vez más desproporcionadas y despojadas de toda identidad barrial.

Pero a pesar de esto, lo cierto es que en este contexto no se dan las condiciones objetivas para avanzar, por ejemplo, en la venta y destrucción de semejante edificación. No sucede lo mismo con la utilización de ésta con fines vitales, como sería su reacondicionamiento y puesta en funcionamiento para sumar camas y aumentar la cobertura de salud en uno de los focos no sólo de contagio del virus, sino también de dengue, que es al día de hoy el que tiene su mayor pico en años, con el barrio de Saavedra como uno de los más afectados. Porque dado el deterioro del sistema de salud pública en la Ciudad, dejar espacios muertos cuando estamos luchando por la vida es, de mínima, un desperdicio de oportunidades para hacer la diferencia.

La emergencia ha hecho que todos, íntegramente, nos esforcemos inmensamente por el bien común. Perdimos mucho ya y no sabemos hasta cuándo seguirá siendo así, pero parte de hacer que esta etapa sea lo menos cruel posible es pensar de qué manera utilizamos las herramientas de las que disponemos. Y en ese pensar, reparar la historia haciendo historia aparece como una posibilidad, aunque no dependa sólo de nuestra voluntad de cambiar las cosas para bien.

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